Entre frutas, recetas, palabras en inglés y muchas ganas de crear, los niños y niñas del Proyecto Convivir transformaron la cocina en un espacio para aprender, compartir y descubrir el valor del trabajo en equipo.
Hay mesas que invitan a sentarse y otras que despiertan la curiosidad. La del patio del Centro Loyola Reina, el pasado 12 de octubre, pertenecía a esta segunda categoría. Allí comenzaba una aventura en la que las frutas escondían historias, los libros guardaban recetas y hasta una aceituna con queso podía convertirse en una creación con nombre propio.

El Proyecto Convivir celebró el Día Mundial de la Alimentación, que tiene lugar cada 16 de octubre, con una propuesta diferente: una feria de los alimentos en la que niños, niñas y adolescentes entre 6 a 17 años dejaron por un momento sus talleres habituales para reunirse, experimentar y aprender haciendo. Las familias también formaron parte de esta experiencia que convirtió la elaboración de alimentos en una oportunidad para crecer juntos.
Una mesa llena de sabores, palabras y curiosidades
La bienvenida tuvo lugar en el patio, alrededor de la llamada Mesa de los Sabores. No era una mesa cualquiera: reunía láminas con los nombres de los productos en español y en inglés, información sobre frutas y vegetales, libros de recetas disponibles en la biblioteca y búsquedas realizadas en internet sobre ingredientes tan cotidianos como el limón, la miel, la canela, la naranja y el café.
Cada elemento invitaba a detenerse y descubrir algo nuevo. Detrás de una fruta podía aparecer una característica desconocida; junto a un ingrediente, una palabra en otro idioma; entre las páginas de un libro, una idea para preparar algo delicioso.


La feria de los alimentos se convirtió así en un punto de encuentro entre cuatro áreas del Proyecto Convivir: inglés, computación, escritura creativa y biblioteca. Los aprendizajes de los talleres salieron de sus espacios habituales para encontrarse alrededor de una misma experiencia.
La curiosidad estaba sembrada. Ahora tocaba ponerse manos a la obra.
Cuatro equipos, muchas ideas y una cocina por descubrir
Después de la bienvenida, los participantes se organizaron en cuatro equipos para preparar diferentes elaboraciones: un entrante, una bebida, un plato principal y un postre. Cada grupo asumió su propia tarea, pero todos compartieron el mismo propósito: aprender haciendo y disfrutar del resultado de su trabajo.
Las brochetas, bautizadas cariñosamente como los Pinchitos, fueron una muestra de ese ingenio. Entre los nombres que idearon los muchachos aparecieron propuestas como Aceituna con queso, Lo hicimos con amor, Queso con aceituna, Aceituna con cheese y La Estatua de la Libertad.

Detrás de cada nombre había algo más que humor: la oportunidad de imaginar, ponerse de acuerdo, tomar decisiones y presentar el resultado de una manera original. Preparar un plato también podía ser un ejercicio de expresión y creatividad.

Otro equipo se encargó de preparar una bebida a partir de una fruta conocida en Cuba por diferentes nombres según la región: ciruela china en La Habana y pera china en otras provincias. Los niños cortaron la fruta en pequeños trozos y algunos se transformaron en estrellas decorativas para las copas. Con hielo y mucho cuidado en la preparación, el resultado fue un jugo diferente que sus propios creadores pudieron degustar con orgullo.

La feria de los alimentos iba mostrando, preparación tras preparación, que aprender también significa experimentar, probar y descubrir nuevas posibilidades con ingredientes conocidos.
Del Ramen a las arepas: aprender haciendo
La aventura culinaria continuó con el plato principal: el Ramen, una preparación de origen asiático. Esta vez, los participantes se pusieron delantales y gorros para trabajar en un ambiente que recordaba al de una pequeña cocina profesional.

Todos colaboraron en las distintas tareas y participaron en la elaboración del plato. El trabajo compartido permitió poner en práctica la organización, la cooperación y la responsabilidad, mientras cada uno aportaba su esfuerzo al resultado común.
Una de las niñas más pequeñas explicó cómo se había preparado el Ramen. Su voz permite acercarse a la experiencia desde la mirada de una de sus protagonistas y escuchar cómo una participante puede contar, con sus propias palabras, lo que ha aprendido.
Su testimonio es una parte importante de la historia: no solo muestra lo que hicieron los participantes, sino también cómo pueden comunicar lo aprendido y compartirlo con los demás.
El recorrido gastronómico llegó después al salón del postre. Allí, las arepas se elaboraron desde cero: se mezclaron los ingredientes, se cocinaron y finalmente se adornaron con almíbar. Como había ocurrido con las otras preparaciones, los niños pudieron probar el resultado de su propio trabajo.

Los cuatro equipos dieron vida a diferentes momentos de la experiencia culinaria: imaginar, organizarse, elaborar, presentar y disfrutar lo creado.
Las familias también formaron parte de la experiencia
Mientras los niños trabajaban en los salones, muchos de sus padres y familiares permanecían en la terraza del Centro, donde compartieron un encuentro más tranquilo alrededor de una taza de café o té. La ocasión también les permitió conocer curiosidades sobre estas bebidas y conversar mientras acompañaban la actividad.

Aunque no estaban elaborando los platos junto a los niños durante toda la jornada, su presencia formó parte de la experiencia comunitaria. Al final, la feria propició un espacio de encuentro entre la actividad educativa de los participantes y la vida familiar que acompaña su crecimiento.
La degustación de las preparaciones y la merienda general, en la que también participaron las familias, dieron continuidad a ese ambiente de intercambio.
Presentar lo aprendido también es parte de la receta
Antes de concluir, llegó uno de los momentos más significativos: la presentación de los platos elaborados por los participantes.
Cada grupo tuvo la oportunidad de mostrar sus preparaciones y explicar cómo las había realizado. No se trataba únicamente de enseñar un resultado apetitoso, sino de compartir el proceso, comunicar ideas y practicar las habilidades necesarias para hacer una presentación efectiva.

Las experiencias de Daniela y Marlon ayudan a poner rostro a esos aprendizajes.
Daniela contó que había trabajado con una compañera muy amable en la elaboración de brochetas de aceituna y queso blanco. Recordó la experiencia con humor y expresó su deseo de preparar platos más complicados en una próxima ocasión. Su testimonio refleja la importancia de la colaboración y las ganas de seguir aprendiendo.
Marlon, por su parte, disfrutó especialmente de trabajar con queso, un ingrediente que le gusta muchísimo. Su entusiasmo nos recuerda que el aprendizaje también puede comenzar con aquello que despierta nuestro interés y nos invita a participar.
Sus experiencias muestran que, detrás de cada preparación, también hay relaciones que se construyen, preferencias que se descubren y nuevas metas que empiezan a tomar forma.
Una feria que deja aprendizajes más allá de la cocina
La feria de los alimentos del Proyecto Convivir fue mucho más que una actividad para celebrar una fecha del calendario. Permitió conectar conocimientos de distintas áreas, estimular la creatividad, practicar la comunicación y descubrir el valor de trabajar con otras personas.

Desde los nombres inventados para las brochetas hasta la preparación del Ramen y las arepas, cada momento ofreció una oportunidad para desarrollar la autonomía, asumir responsabilidades y confiar en las propias capacidades.
En el Centro Loyola Reina, aprender haciendo significa también abrir espacios donde niños y niñas de diferentes edades puedan encontrarse, aportar sus ideas y reconocer que cada persona tiene algo que ofrecer.

Quizá ese sea el ingrediente que mejor explica el sentido de esta jornada: la posibilidad de transformar una mesa, unos alimentos y muchas manos dispuestas a colaborar en una experiencia compartida. Porque, cuando aprender se convierte en una aventura y cada participante encuentra su lugar, el resultado va mucho más allá de una receta. También se aprende a convivir.
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