Silvia, cantante cubana que se hizo camino en Otoño
Silvia llega siempre igual: con paso rápido, el pelo aún sin arreglar, la ropa sencilla de quien viene desde la calle, pero con esa luz en los ojos que anuncia que en unos minutos será otra. Ella misma lo dice entre risas: “yo siempre llego a los lugares un poco desaliñada y después es que me transformo”. Y es cierto. Basta verla entrar al teatro del Centro Loyola Reina para entender que su metamorfosis no es solo estética: es emocional, espiritual, casi ritual.
Silvia es una de esas mujeres que no temen reinventarse: tenaz, fuerte, romántica, emprendedora… Una artista en dote gigante que decidió aprovechar una etapa hermosa de la vida —la jubilación— para hacer lo que siempre deseó: cantar. Y cantar con alma.

En marzo, el mes dedicado a las mujeres, conversamos con ella. La entrevista se hizo por WhatsApp, entre audios llenos de emoción y, de fondo, música cubana: esa que ha marcado generaciones, que se cuela por las ventanas y que parece acompañarla siempre.
El descubrimiento de un hogar artístico
Silvia conoció el Centro Loyola casi por azar, casi por destino. Vivía cerca, pasaba frente al edificio frecuentemente; hasta un día.
Esa vez miró las promociones del Proyecto Otoño que la detuvieron. “Empezaron a hacer propuestas para integrar a la población… y me fue interesando”, recuerda.

Su primera incursión fue en las peñas organizadas por Irán. Allí, entre artistas invitados y un público pequeño pero fiel, ocurrió el momento que cambiaría su vida: el Cuarteto Génesis pidió al público que los acompañara y la voz de Silvia se impuso sin querer. “Mi voz se escuchó más que la de los demás, me llamaron arriba… fue la primera vez que pisé ese escenario tan luminoso”.
Ese fue el inicio de todo. El público la esperaba. Ella se dejaba llevar por ese mundo que, aunque siempre le había pertenecido, nunca había podido abrazar del todo.
La hermandad como impulso en su carrera musical
Cuando le preguntamos qué la llevó a integrarse al proyecto, Silvia no duda: la acogida. “Fui muy bien recibida y eso gratifica a la persona… ese sentimiento de hermandad es lo que me ha impulsado a seguir”.
Habla del equipo completo con una gratitud que conmueve. De los profesores y profesoras, de la hermana Berglis; de los vecinos que la animan; de las amigas que la acompañan; de ese tejido afectivo que sostiene a tantas mujeres en Cuba, especialmente en tiempos difíciles.
Silvia asegura que el Proyecto Otoño la cambió. No solo como artista, sino como mujer. “He sentido cambios en mi vida, en mi manera de actuar, en mi forma de ser… ya no soy tan impulsiva como antes”, confiesa.
En lo artístico, Loyola fue su escuela. Allí aprendió proyección, presencia escénica, relación con el público. “Aprender la presentación, cómo debe ser la presentación de un artista… yo me siento artista”.

Silvia aprendió que la imagen también comunica. “Me gusta presentarme ante el público bonita… lo primero que tiene que agradar es la forma en que uno se presenta”.
Y lo dice con una mezcla de orgullo y humildad que la define, desde el respeto al público y la conciencia de que el arte es entrega.
Silvia cantante cubana: la música como huella viva
Para Silvia, la música no es un recuerdo ni un pasatiempo: es un presente vibrante. “La música para mí en estos momentos es prácticamente todo”, afirma con una convicción que se siente incluso a través del audio.
El público, dice, es parte esencial de esa huella: observa, agradece, corrige cuando hace falta. Un público que la espera cada mes en la peña del adulto mayor “Cerca de ti”. “Ver esas personas que cada mes me esperan… eso llena de una satisfacción inmensa”.


Un camino tardío pero auténtico
Su historia como cantante no fue lineal. De joven quiso dedicarse a la música, pero los prejuicios familiares se lo impidieron. Aun así, no habla con resentimiento. Habla con madurez. “No es que haya sido tarde… me siento igualmente realizada como si lo hubiese hecho cuando tenía 20 años”.
Hoy, su camino está lleno de puertas abiertas. Ha compartido escenario con artistas profesionales, nombres que la impresionaron al principio. “Yo decía: ay, mi madre, ¿qué voy a hacer?… y he tenido la dicha de que a todos les ha gustado”.
Cuando le pedimos una presentación significativa, vuelve al inicio: el Cuarteto Génesis. Ese primer escenario, esa primera invitación, esa primera ovación. “Yo no sé cómo expresar eso… ha sido una de las experiencias más significativas”.
Pero también menciona el Delirio Habanero, donde artistas como Diana Rosa Suárez la han felicitado. Y lo cuenta con la emoción de quien aún no se acostumbra a ser reconocida.
El aplauso del público como motor
El público la aplaude con entusiasmo. Y ella lo siente en la piel. “A veces me eriza, a veces me asusta… yo tengo que dar mucho más aquí”.
Habla de Xiomara, que se emociona con “Amor Eterno”. De Emilia, que disfruta cada tema de Selena. De esas mujeres que se ven reflejadas en ella.

Ser mujer y cantar en Cuba
En el Día de la Mujer, Silvia reflexiona sobre los retos. “Estamos en una situación muy complicada para las mujeres en todos los sentidos… lo más importante es la voluntad y la fortaleza”.
Su voz no es solo canto: es resistencia.
Sueños que siguen creciendo
Ella sueña con hacerse profesional. No por vanidad, sino por necesidad y justicia. “A lo mejor alguien me puede ayudar… lo fundamental es lograr hacerme profesional”.
Y sueña también con la aceptación de ciertas personas que no menciona, pero que sabemos que le importan.
Un mensaje inspirador para otras mujeres
Su mensaje es directo, luminoso, urgente: “Que lo hagan. Que nadie se quede sentado… mientras haya vida y se pueda respirar”.
Ella, que salió dos veces de terapia intensiva, habla con la autoridad de quien ha vuelto a la vida.
Luego lo confirma: “Soy una mujer feliz. Cuando yo entro allí, soy otra”.
Y es verdad. Silvia es otra cuando canta o entra al Centro Loyola. Otra cuando el público la aplaude. Otra cuando se mira al espejo después de transformarse.
Pero, sobre todo, Silvia es ella misma: una mujer que encontró su voz cuando decidió que ya era hora de usarla.


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