Un padre con mucho dinero decidió llevar a su hijo a pasar un día y una noche en la granja de una familia humilde. Su intención era simple: quería que el niño viera “lo poco” que tenían los demás.
Al regresar, el padre preguntó con la seguridad de quien cree haber dado una gran lección:
—¿Qué te pareció el viaje?
—Muy bonito, papá —respondió el niño.
—¿Viste qué tan pobre puede ser la gente?
—Sí, lo vi.
Entonces llegó la pregunta clave:
—¿Y qué aprendiste?

El niño comenzó a comparar, sin dramatismos, solo con la claridad de quien observa sin prejuicios:
—Nosotros tenemos un perro; ellos tienen cuatro.
Nuestra piscina llega a la mitad del jardín; ellos tienen un arroyo infinito.
Tenemos lámparas en el patio; ellos tienen las estrellas.
Nuestro terreno termina en una barda; el de ellos en el horizonte.
El padre no supo qué decir. Y el niño, con la naturalidad de una verdad recién descubierta, concluyó:
—Gracias, papá, por enseñarme lo pobres que somos.
Y quizá ahí estaba la verdadera lección para ambos: no es la cantidad de cosas lo que define la riqueza, sino la capacidad de ver y disfrutar lo que ya está frente a nosotros. Quien vive contando lo que le falta, termina siendo más pobre que quien agradece lo que le sobra en simplicidad.
Visitas: 21
Hola. Me encantan estos cuentos sencillos pero llenos de sabiduria, realmente a veces no sabemos lo ricos q somos x estar mirando lo ajeno o aqello q no tenemos y q realmente no necesitamos para ser felices o simplemente por no ver con los ojos del corazon. Ciertamente tenemos q ser mas niños
Nunca habia escrito ningun comentario pero si los leo, sobre todo xq me aburro y me pierdo en las largas lecturas. Asi q muchas gracias por esa simplicidad q atrapa.
Dios los bendiga