Cuentan que un campesino, de esos que saben más de surcos que de salmos, volvía una noche del mercado con la carreta coja y el alma cansada. En mitad del bosque, bajo una luna que parecía haberse olvidado de brillar, descubrió con espanto que no llevaba su libro de oraciones. A falta de lámpara y memoria, se quedó allí, entre el crujido de las ramas y el olor a tierra húmeda, sintiéndose más perdido que Adán en un supermercado.
Entonces, con esa lógica simple y sublime que sólo brota de la necesidad, el hombre levantó la mirada y dijo:
“Señor, he hecho una tontería: salí sin mi libro de oraciones y tengo tan mala memoria que no sé decir ni una sola palabra. Pero voy a recitarte el alfabeto, cinco veces, muy despacio. Tú que sabes todas las oraciones, podrás unir las letras y formar las palabras que yo no recuerdo.”

Y —dicen— que en el cielo hubo silencio. Los ángeles, acostumbrados a letanías interminables y perfectas, escucharon aquella humilde sucesión de letras y entendieron algo esencial: que la fe no necesita gramática. El Señor, conmovido, declaró que aquella era la mejor oración del día, no por su elocuencia, sino porque había nacido de un corazón limpio, despojado de fórmulas y de miedo.
Tal vez esa sea la verdadera ironía divina: que el lenguaje de Dios no se aprende en libros, sino en el temblor del alma. Que una plegaria sin palabras puede tener más fuerza que mil rezos aprendidos de memoria. Y que, al final, lo que más nos acerca al cielo no es lo que decimos, sino la verdad con que lo decimos.
Quizás todos, alguna vez, deberíamos atrevernos a rezar con el alfabeto.
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