En ese espacio gigante del Centro Loyola Reina y que a tantos les fascina, en ese salón de fiestas con escenario de madera, en el lugar de las cortinas gigantes, ese teatro se ensaya una actividad que trasciende la mera instrucción: las clases de Bailoterapia para personas de la tercera edad.
Bailar, disfrutar, moverse…
Con sus manos entrelazadas y sonrisas radiantes, las participantes comenzaron a recordar lo que ya en encuentros anteriores se había montado; y es que más allá de las coreografías, los movimientos, la música y el murmullo tras cada paso, estos ensayos son un auténtico homenaje a la vida y la vitalidad.

En estas sesiones, las adultas mayores aprenden, con la guía paciente y encantadora de Ana Rosa -directora de la compañía de baile flamenco Ecos- la complejidad de una coreografía española completa en apenas tres días.
Este reto involucra el aprendizaje de pasos y la utilización de una silla de apoyo, que se convierte en un elegante aliado en su travesía danzante. Cada movimiento está diseñado para estimular no solo el cuerpo, sino también la mente, recordando a las participantes que la danza es, en esencia, un lenguaje que habla del alma.
Danzar es salud
La importancia de mantenerse activo en la movilidad física durante la tercera edad es indiscutible. Las investigaciones han demostrado que la actividad regular impacta de manera positiva en la salud general, previene enfermedades y promueve la longevidad.

Sin embargo, lo que se experimenta en estas clases trasciende el ámbito físico: es un reencontrarse con la juventud del espíritu. Al verse desenvolverse en líneas y ritmos, ellas, las bailarinas de mayor experiencia vivida de Otoño, recuperan un sentido de pertenencia y autoestima.
En este contexto, la danza se convierte en un vehículo para la conexión social, creando lazos entre las participantes y extendiéndose hacia el entorno comunitario, donde comparten otro tipo de experiencia y sus logros personales aún en la adultez mayor.
Navidad y aplicar lo aprendido
A medida que se acercan las festividades navideñas, la expectativa se hace palpable en el aire. La culminación de este aprendizaje se manifestará en varias presentaciones donde tendrán la oportunidad de exhibir con orgullo lo que han aprendido bajo la tutela de Ana Rosa.
Estos eventos serán un desfile de pasos y sonrisas; una celebración comunitaria que une a todos los que forman parte del Centro Loyola Reina, desde colaboradores hasta trabajadores, quienes también han sido testigos de esta transformación. La comunidad de Otoño, a la que pertenecen las participantes, se agrandará en motivación.


La valentía que poseen estas mujeres al enfrentarse a un nuevo desafío en una etapa de sus vidas donde muchos optan por la quietud, es digna de admiración. Aprender una coreografía en un periodo tan corto puede parecer un objetivo ambicioso, pero en realidad, es un acto de afirmación vital.
Crecer en años de quietud
Cada ensayo es una lección sobre la perseverancia, la pasión y el deseo inquebrantable de superarse. En esos momentos de ensayo, donde las risas se entrelazan con la seriedad de la práctica, se teje una comunidad resiliente que desafía las limitaciones impuestas por el tiempo.
Ana Rosa, con su carisma y dedicación, se convierte en un faro de luz motivacional. Su estilo cálido y accesible convierte cada sesión en un espacio seguro donde los miedos se disipan y la creatividad florece. Ella entiende la importancia no solo de la técnica, sino también del gozo; recuerda constantemente a sus pupilas que en la danza, como en la vida, lo esencial es disfrutar del momento presente.

La experiencia de la Bailoterapia vivida en el Centro Loyola Reina es una reafirmación del valor de la comunidad, de la celebración de la vida y del compromiso con el bienestar a cualquier edad. Desde el proyecto Otoño, cada actividad, taller o conferencia se convierte en un himno a la vida, un canto que reverbera no solo en los cuerpos, sino en los corazones de todos los que participan
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