Semana especial inolvidable: familias aprenden y conviven en Centro Loyola Reina

Durante la semana especial, el Centro Loyola Reina abrió sus puertas a una experiencia única liderada por los proyectos Convivir y Casa Común, donde familias enteras participaron en actividades que combinaron cultura, convivencia y descubrimiento.
Esta semana especial demostró que la convivencia familiar puede transformar vidas a través de experiencias compartidas entre generaciones.

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El primer día, los adolescentes recorrieron el Templo de la Iglesia de Reina en una visita guiada que los conectó con la historia y la espiritualidad del lugar. Más tarde, se unieron a niñas y niños para compartir la dulce tarea de elaborar un bombón, un gesto sencillo que unió generaciones en torno al sabor y la creatividad.


La segunda jornada trasladó a todos —niños, niñas, adolescentes, jóvenes, mentores, facilitadores y sus familias— al Jardín Botánico Quinta de los Molinos. Allí, la semana especial se convirtió en aprendizaje vivo, entre plantas, senderos y conversaciones que fortalecieron lazos comunitarios.

El tercer día, la energía se transformó en movimiento: una rodada de bicicletas que llenó las calles de entusiasmo juvenil y espíritu colectivo. Finalmente, el cuarto día cerró con la magia de las ciencias, donde experimentar fue la clave para despertar la curiosidad y el asombro.

Fue una semana especial que combinó tradición, naturaleza, deporte y conocimiento, siempre con el sello de la participación familiar y comunitaria. Una experiencia que dejó huellas en quienes la vivieron.

Te invitamos a seguir leyendo este reportaje para descubrir cómo los participantes narran y sienten esta semana especial.

La semana especial que unió generaciones en Loyola Reina

La semana especial del Programa Educativo comenzó con un recorrido que llevó a los adolescentes al corazón del Templo de la Iglesia de Reina.

La visita culminó en la azotea del edificio, desde donde La Habana se desplegó ante sus ojos: una ciudad que, aunque marcada por el paso de los años y las dificultades actuales, sigue mostrando una belleza que se revela en cada rincón.

Esa altura no solo impresionó, también les enseñó a mirar con esperanza y a reconocer la dignidad que persiste en medio de las grietas.

Más tarde, adolescentes, niñas y niños se reunieron para confeccionar un bombón. No fue únicamente un ejercicio práctico de seguir pasos: exploraron sabores que combinan con el chocolate y debatieron sobre la importancia de hacer las cosas con amor, guiados por una mentora que recordó que ese era el ingrediente principal. La cocina se convirtió en aula y la receta en metáfora de la vida.


Este primer día dejó claro el espíritu de la semana especial: aprender juntos, descubrir la belleza en lo alto y en lo sencillo, y reconocer que el amor es la base de toda creación compartida.

Naturaleza y convivencia intergeneracional

La visita al Jardín Botánico Quinta de los Molinos se convirtió en un espacio para unir generaciones y fortalecer la convivencia. Muy cercano al Centro Loyola Reina, este lugar abrió sus puertas de manera especial para las familias del Programa Educativo.

El recibimiento estuvo a cargo de los trabajadores del centro, quienes guiaron a los participantes en un recorrido dividido en tres grupos. A bordo del trencito colonial, disfrutaron de un paseo por los rincones más hermosos de este oasis verde dentro de la ciudad.

La experiencia incluyó la entrada al museo, la visita al mariposario, el recorrido por los viveros y espacios de energías renovables, así como la contemplación de la laguna que alberga peces chinos y plantas acuáticas. La jornada también ofreció dinámicas y juegos que facilitaron el intercambio entre los asistentes. La coordinadora del Programa Educativo añadió que los participantes y sus familias conocieron emprendimientos que conviven en este espacio natural, lo cual permitió reflexionar sobre la importancia del cuidado del medio ambiente y el valor de iniciativas sostenibles en la ciudad.

El día concluyó en la pérgola más grande del jardín, con la convicción compartida de haber vivido una experiencia única, marcada por el aprendizaje, la unión y el compromiso con la naturaleza.

Pedalear la ciudad, descubrir la libertad

La cita fue en la sede del proyecto de desarrollo local Velocuba, justo al lado del Prado, en La Habana Vieja. Allí, entre lo moderno y lo antiguo, comenzó una jornada que se convirtió en símbolo de movimiento y descubrimiento.

Para muchos niños y niñas fue un día inolvidable: tomaron una bicicleta por primera vez y, con la ayuda de mentores y padres, dieron sus primeros pedaleos. El aprendizaje se hizo en conjunto: quienes ya sabían montar compartieron consejos, intercambiaron bicicletas y alentaron a los más pequeños, convirtiendo la práctica en un verdadero ejercicio de solidaridad.

Los adolescentes, por su parte, emprendieron una rodada por la ciudad. Antes de salir, aprendieron sobre el proyecto Velocuba, las principales normas de circulación, los medios de protección y las partes esenciales de la bicicleta. La conversación se amplió hacia la importancia de practicar deporte y de incorporar la bicicleta como hábito para llevar una vida saludable.


Durante dos horas, la ciudad se convirtió en escenario de aprendizaje y disfrute colectivo. Las ruedas girando, los consejos compartidos y el intercambio de bicicletas dieron forma a una experiencia que trascendió lo deportivo.

La práctica del ciclismo se convirtió en un recurso educativo y comunitario: fomenta hábitos saludables, fortalece vínculos intergeneracionales y promueve una cultura de convivencia responsable en el espacio público.

Ciencia, curiosidad y asombro compartido

La semana especial cerró con una jornada dedicada a las ciencias, diseñada para despertar la imaginación y la curiosidad de todos los participantes.

La experiencia comenzó a bordo de una nave espacial simbólica, que «entró a la Tierra» y aterrizó en un espacio donde se podían contemplar las auroras boreales. Ese inicio fantástico abrió paso a una serie de experimentos que abarcaron la química, la física, la psicología y la biología, cada uno pensado para provocar un «wow» en niños, niñas, adolescentes y jóvenes, acompañados de sus familias.


Las dinámicas no solo mostraron fenómenos sorprendentes, también invitaron a reflexionar sobre lo que ocurre en la vida cotidiana: cómo la ciencia está presente en lo que comemos, en lo que respiramos, en lo que sentimos y en lo que observamos a diario.

La tarde se convirtió en un laboratorio abierto donde la risa y el asombro fueron tan importantes como la explicación científica. Más allá del entretenimiento, este día subrayó la importancia de cultivar desde edades tempranas la curiosidad por los fenómenos de la ciencia.

Sembrar preguntas, estimular el deseo de experimentar y enseñar a mirar con ojos atentos son claves para formar generaciones capaces de comprender y transformar su entorno.

Gratitud y huellas compartidas

Esta semana especial del Programa Educativo del Centro Loyola Reina, liderada por los proyectos Convivir y Casa Común, dejó una marca profunda en cada participante.centrosloyolacuba+2

No fue solo una sucesión de actividades, sino un tejido de experiencias que unieron generaciones, despertaron curiosidad y fortalecieron la vida comunitaria.

Las voces de las familias resumen mejor que cualquier dato el impacto de estos días: «Gracias por otro día más especial para los peques, son experiencias que no olvidaremos», expresaron algunos padres. Otros destacaron el valor de revivir la infancia: «Fue un tiempo para recordar nuestra niñez, mil gracias al proyecto y a Loyola Reina por sus espectaculares profesionales y por estas propuestas para la semana de receso».

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Nadie quedó al margen. «No hubo quien se quedara sentado sin experimentar y disfrutar», señalaron con entusiasmo, mientras otros agradecieron el esfuerzo en medio de las dificultades cotidianas: «Gracias por el esmero, a pesar de todo lo que se vive a diario, gracias por estos momentos especiales».

La semana especial del Centro Loyola Reina, liderada por Convivir y Casa Común, no solo ofreció actividades, sino que sembró aprendizajes duraderos, reforzó la convivencia familiar y dejó la certeza de que incluso en tiempos complejos, **las actividades intergeneracionales** abren espacios de esperanza.

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