Esperanza: la oruga que soñó con el sol

El sueño imposible

Había una vez una oruga diminuta, una criatura verde que avanzaba lentamente por el polvo del mundo. No tenía prisa, pero sí un propósito. Una mañana, mientras el sol acariciaba el valle, decidió caminar hacia él. No porque buscara calor, sino porque había soñado.

En su sueño, se veía en la cima de la gran montaña, contemplando el valle entero, como quien mira desde arriba el misterio de la vida. Y eso le bastó para comenzar el viaje.

Un saltamontes, curioso y burlón, le preguntó:
—¿A dónde vas, oruguita?

Ella, sin dejar de avanzar, respondió con serenidad:
—Tuve un sueño. Y quiero realizarlo.

El saltamontes rió con suficiencia:
—¿Tú? ¿Subir esa montaña? ¡Cualquier piedra será una muralla para ti!

Pero la oruga siguió. Porque hay sueños que no se discuten: se viven.

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Las voces del valle

Más adelante se cruzó con un escarabajo, una araña, un topo, una rana y hasta un pájaro cantor. Todos repitieron la misma sentencia:
—No lo lograrás.

Y, sin embargo, ella continuó. Porque su corazón, pequeño pero obstinado, parecía empujado por una fuerza más grande que su cuerpo.


El silencio del capullo

Hasta que un día se agotó. Ya no podía más. Entonces, en un último gesto de esperanza, decidió detenerse y tejer su pequeño refugio.
“Solo descansaré un poco”, murmuró.
Pero su descanso se prolongó tanto que todos creyeron que había muerto.

Los animales del valle acudieron a verla. “Ahí está la loca que soñó demasiado —decían—. Su tumba es un monumento a la insensatez.”

Y así la dejaron.


El vuelo

Una mañana, mientras el sol se levantaba con una luz distinta, el pequeño capullo comenzó a moverse. Se quebró la cáscara, y de ella emergieron alas, suaves, brillantes, imposibles.
El gusano que había muerto había resucitado convertido en mariposa.

Esperanza

Y voló.
Voló hacia la montaña que había soñado desde el principio.
Voló hacia la promesa.


El verdadero sentido del sueño

Dios nos ha creado para realizar un sueño. Debemos vivir por él, intentar alcanzarlo. Pongamos la vida entera en ello. Y si en algún momento descubrimos que no podemos, tal vez sea hora de hacer un alto en el camino, detenernos, y permitir que Él obre el cambio que necesitamos.
Porque con otra visión, con otras fuerzas y con la gracia de Dios, lo lograremos.

Después de todo, el éxito en la vida no se mide por lo que has alcanzado, sino por los obstáculos que has debido vencer con fe.

Así que ánimo, queridos hermanos y hermanas.
El Reino de Dios puede parecer un sueño lejano, pero quizás solo necesitamos —como la oruga— hacer un alto en el camino, dejar que Él nos transforme, y luego, con alas nuevas, seguir hacia la montaña

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