En todo amar y servir: una Navidad vivida con las manos abiertas

En esta Navidad —cuando las palabras “paz” y “amor” suelen repetirse con la ligereza de un villancico de fondo— la Parroquia de Reina decidió tomárselas en serio. No como consigna, sino como gesto. Así, casi sin manifestaciones, se convirtió en un signo vivo de esa espiritualidad ignaciana tan incómoda como exigente: “en todo amar y servir”. Y el escenario no fue un altar dorado ni una postal edulcorada, sino el Comedor Parroquial de la Iglesia Loyola, donde Dios —ese Dios que insiste en hacerse pequeño— eligió mostrarse en el rostro arrugado y luminoso de los abuelos más necesitados.


Navidad de servicio en Loyola Reina

Mientras muchos celebran la Navidad alrededor de mesas abundantes, en Loyola Reina la fiesta ocurrió de otro modo: compartiendo tiempo y cuidado. Loyola Reina se hizo presente para acompañar una jornada que fue menos evento y más encuentro. Allí, distintos programas, colaboradores y públicos aliados se articularon como piezas de un mismo cuerpo, demostrando que la Navidad, cuando se vive en serio, no fragmenta une.
La convocatoria fue clara y, quizá por eso, la respuesta fue generosa. No solo acudieron los equipos habituales del Centro, sino también personas vinculadas a sus programas y emprendimientos, que ofrecieron algo más valioso que recursos: su tiempo. Oficios, creatividad, escucha. Porque servir, al final, es una forma concreta de decir “te veo”.


Cuando el cuidado se vuelve lenguaje

Aquí no tendría sentido señalar una presencia “más importante” que otra. No hubo un taller estrella ni un programa protagónico. Todos participaron. Todos aportaron. Beneficiarios de los talleres de oficios —peluquería, manicura y otros saberes aprendidos con paciencia— se sumaron junto a los colaboradores del Centro, que por un día dejaron sus funciones habituales para convertirse también en peinadores, manicuristas, manos atentas que limaron uñas, cortaron cabello y regalaron cuidado. El gesto fue sencillo, casi doméstico, pero profundamente revelador: cuando la comunidad se pone en movimiento, los roles se diluyen y queda lo esencial.


Podría parecer un detalle menor —un corte de cabello, unas manos cuidadas—, pero allí ocurrió algo mayor: el cuidado personal se transformó en reconocimiento. Como si cada tijera y cada esmalte dijeran, sin palabras, “tu vida importa”.

También se sumaron los Programas Social y Educativo, encargándose de ambientar el espacio antes del comienzo. Colores, adornos, calidez. La escena era casi paradójica: un comedor sencillo convertido en lugar festivo, recordándonos que la belleza no es un lujo, sino una necesidad profundamente humana.

La música que abraza

Y entonces llegó la música. La Orquesta Juvenil Loyola Reina aportó algo que no se puede servir en bandeja: emoción. Sus interpretaciones envolvieron el ambiente como una manta en invierno, creando un clima de alegría serena, de esperanza sin estridencias. Los jóvenes, con sus instrumentos, parecían decir que amar y servir también es ofrecer lo que uno sabe hacer mejor.
La música no fue un adorno. Fue un abrazo. Y quizá por eso tocó tan hondo.

Un solo gesto, muchas manos

Toda la iniciativa tuvo un destinatario claro: el Comedor Parroquial de la Iglesia Loyola, espacio donde se atiende a los abuelos necesitados de la zona. Desde el Centro Loyola Reina —que comparte este mismo ámbito parroquial— se impulsó y coordinó la participación de los distintos programas y beneficiarios del Loyola, logrando algo poco frecuente y profundamente evangélico: una comunidad actuando como una sola.

Así, la consigna ignaciana dejó de ser frase y se volvió carne. Manos que sirven alimentos. Personas que ofrecen su oficio. Jóvenes que regalan su música. Y abuelos que, lejos de ser solo receptores, se convirtieron en el centro, en el espejo donde la comunidad reconoció al Jesús que nace pobre para entregarse, una vez más, por amor.

Porque hay Navidades que se celebran.
Y otras —las verdaderas— que se sirven.

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