Hay días que comienzan antes de la hora prevista. No porque alguien lo ordene, sino porque el ánimo colectivo se adelanta, como si supiera algo que el reloj ignora. Así ocurrió aquel 21 de marzo en los Centros Loyola La Habana. Todavía no había inicio oficial, pero el aire ya estaba cargado de intención. No era simple entusiasmo —esa chispa fugaz que suele disiparse—, sino una convicción más densa: algo significativo estaba a punto de tomar forma.
Y lo curioso —o tal vez lo inevitable— es que ese “algo” no tenía forma fija.

Centros Loyola La Habana: una red que se encuentra cara a cara
Reina, Juanelo y Diezmero. Tres sedes, sí, pero no tres mundos separados. Más bien, una misma red latiendo en distintos puntos de la ciudad, como un corazón que se expresa en varios pulsos sin dejar de ser uno.
La distancia entre ellos es geográfica, no esencial. Comparten valores, metodologías, una misma visión del arte como herramienta de formación y encuentro. Sin embargo, esa distancia física —terca, concreta— a veces necesita ser desafiada. Y para eso nacen estos espacios comunes.
No era la primera vez. De hecho, esta fue la cuarta ocasión en que se construye una experiencia de este tipo. Pero como ocurre con los rituales que importan, la repetición no desgasta: profundiza.
Aquel día no se unieron porque estuvieran separados, sino porque entendieron que encontrarse también es una forma de reafirmarse.

El arte en Centros Loyola La Habana como herramienta de encuentro
Sería fácil decir que fue un evento cultural. Correcto, sí, pero insuficiente. Aquello fue otra cosa: un laboratorio humano donde el arte funcionó como catalizador. No se trataba de exhibir resultados pulidos, sino de habitar el error, el intento, la improvisación. En otras palabras, de aprender sin la obsesión por parecer que ya se sabe.

Los talleres no eran estaciones de paso, sino espacios de construcción. Allí, la creatividad no se enseñaba como receta, sino como incendio lento; el trabajo en equipo no se imponía, sino que emergía —a veces con fricción, como todo lo que vale la pena—; y la comunicación dejaba de ser discurso para convertirse en gesto, en mirada, en pausa.
Paradójicamente, cuanto menos rígida era la estructura, más sólido parecía el aprendizaje.
Los profesores: jardineros de lo invisible
Detrás de toda espontaneidad bien lograda hay, casi siempre, una planificación rigurosa. Los profesores de educación artística de CEFAL lo sabían. Su trabajo comenzó mucho antes de ese viernes: diseñaron, coordinaron, pensaron cada detalle con la paciencia de quien siembra sin garantías.
Pero lo más interesante no fue lo que hicieron, sino lo que decidieron no hacer.
No dirigieron desde arriba, no ocuparon el centro. Prefirieron correrse, habilitar espacios, permitir que el proceso respirara. Actuaron más como jardineros que como ingenieros: prepararon el terreno, cuidaron las condiciones… y dejaron que cada quien creciera a su manera.
En tiempos donde enseñar a menudo se confunde con controlar, esta renuncia al protagonismo resulta casi revolucionaria.
Cuando el aprendiz se vuelve guía
Uno de los giros más reveladores de la jornada fue ver a los estudiantes asumir roles de liderazgo. No como un gesto simbólico, sino como una realidad tangible.
En danza, Medrano y Greta no “ayudaron”: condujeron. Construyeron junto a otros una coreografía flamenca que, acompañada por la Orquesta Loyola, parecía latir con vida propia. No era solo técnica; era transmisión.

En artes plásticas, Marian y Olivia hicieron algo igual de complejo: acompañaron sin imponer. Entre títeres y narrativas visuales, tejieron un espacio donde la experiencia no aplastaba la iniciativa, sino que la impulsaba.
Aquí aparece una antítesis interesante: quienes aún están aprendiendo son, al mismo tiempo, quienes enseñan. Y lejos de ser una contradicción, es quizá la forma más honesta de educación.
Cada edad, un lenguaje distinto
Los más pequeños —entre cinco y siete años— no “interpretaron” una canción; la habitaron. La convirtieron en historia, en juego, en algo que no necesita explicación porque se entiende con el cuerpo.
Los de ocho a once años trabajaron el teatro desde un lugar especial. Betty, con experiencia previa acompañando los talleres como apoyo al profesor Tomás, asumió esta vez la responsabilidad principal de la puesta en escena. No era su primer contacto con el teatro, pero sí su primera vez al frente. Y en ese tránsito —de acompañar a liderar— ocurrió algo significativo: junto a sus estudiantes, reinventó historias conocidas, demostrando que crear no es repetir, sino atreverse a reinterpretar.
Los adolescentes, entre pinceles y materiales, dieron forma a títeres y murales que no solo decoraban, sino que narraban. Como si cada trazo fuera una frase en un idioma que aún están aprendiendo a dominar.

Y los jóvenes… bueno, los jóvenes hicieron algo aún más revelador: abrieron el espacio. La danza no se quedó en ellos. De manera casi orgánica —como esas celebraciones que nadie planifica pero todos entienden— se fueron sumando madres, padres, abuelas y abuelos. Distintas generaciones compartiendo un mismo ritmo, un mismo pulso.
Lo que podía haber sido una actividad más se transformó en una escena improbable y, sin embargo, profundamente natural: edades distintas encontrando un lenguaje común. Como si el tiempo, por un instante, dejara de ser línea y se volviera círculo… o mejor aún, una espiral donde todos caben.
Lo medible… y lo que no
Al final del día, lo vivido en los Centros Loyola La Habana no puede medirse solo en indicadores .Los indicadores estaban ahí, visibles, casi evidentes: creatividad, trabajo en equipo, comunicación. Todo lo que un informe podría registrar sin dificultad.
Pero lo más importante —como suele ocurrir— escapaba a cualquier medición.
El sentido de pertenencia no se cuantifica. Se percibe. Está en la forma en que alguien se queda conversando cuando ya podría haberse ido, en la risa que se prolonga más de lo necesario, en esa sensación difusa de estar en el lugar correcto sin saber muy bien por qué.
Cuando el arte deja de ser actividad y se vuelve vínculo
El cierre no fue un cierre. No hubo prisa, ni orden, ni esa urgencia por “terminar bien”. Las sillas quedaron descolocadas, como testigos silenciosos de algo que no quería concluir.
Y tal vez ahí reside la clave.
Los Centros Loyola La Habana no dejaron de ser una red; al contrario, se hicieron más visibles como tal. Lo que ocurrió fue otra cosa: la distancia perdió protagonismo y el vínculo ganó cuerpo.


El arte, en este caso, no fue solo expresión. Fue puente. Y también espejo. Un espejo que, con delicadeza, recordó a todos los presentes que educar es acompañar, que crear es compartir… y que, cuando el proceso importa más que el resultado, lo que se construye no termina cuando baja el telón.
Porque, en el fondo, nunca hubo telón.
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Es muy bonito el trabajo que hacen. Gracias Loyola Reina por ser ese espacio seguro y de amor
Sencillamente genial. Bendiciones