Amor de Dios: la historia del ateo y el pastor que revela una verdad incómoda

Amor de Dios: el ateo y el pastor

Hay tristezas que no hacen ruido, pero pesan como una piedra en el bolsillo. Aquel hombre caminaba así, con el alma baja y los ojos distraídos, convencido —no sin cierta obstinación— de que el universo era un lugar inmenso y, peor aún, indiferente. No creía en el amor de Dios. Y no porque lo hubiera refutado con argumentos brillantes, sino porque, sencillamente, no lo sentía. A veces la incredulidad no nace de la razón, sino de una especie de fatiga del corazón.

En ese estado lo encontró un pastor, figura curiosa: alguien acostumbrado a guiar ovejas… y, de vez en cuando, a hombres extraviados.

amor de Dios

—¿Qué te pasa, amigo? —preguntó, con esa serenidad de quien no tiene prisa por tener razón.

—Estoy triste porque me siento solo.

El pastor sonrió con una ironía apenas perceptible, como quien reconoce un viejo mal disfrazado de novedad.

—Yo también estoy solo, pero no estoy triste.

Ahí estaba la primera grieta: dos soledades, idénticas en apariencia, pero opuestas en sustancia. Como dos habitaciones vacías, una llena de luz y la otra sellada por dentro.

—Será que Dios te acompaña —dijo el hombre, no sin un matiz de escepticismo.

—Por supuesto.

La respuesta fue tan simple que casi parecía insolente. Porque, claro, lo complicado suele ser más convincente.

—Sin embargo —insistió el ateo—, yo no tengo esa compañía. No soy capaz de creer en el amor de Dios. ¿Cómo va a ser posible que Dios nos ame a todos, uno por uno… y me ame a mí personalmente?

La pregunta no era nueva. De hecho, tiene la edad de la conciencia humana. ¿Cómo puede lo infinito fijarse en lo minúsculo sin perder su grandeza? ¿Cómo puede lo absoluto descender hasta lo particular sin fragmentarse?

El pastor no respondió de inmediato. Señaló hacia la ciudad, extendida a lo lejos como un tablero de luces aún apagadas.

—¿Ves aquellas casas? ¿Ves sus ventanas?

El hombre asintió, algo desconcertado.

—El sol es uno solo —continuó el pastor—, pero cada ventana, incluso la más pequeña, recibe su luz. No hay favoritismos, ni excepciones. La diferencia no está en el sol… sino en si la ventana está abierta.

El silencio que siguió fue breve, pero denso. Como esos momentos en que una idea no entra, sino que irrumpe.

el amor de Dios

Y es que la metáfora tenía filo. Porque sugería algo incómodo: que tal vez el problema no era la ausencia del amor de Dios, sino la resistencia a recibirlo. Que la tristeza no siempre proviene de la falta de compañía, sino del empeño en cerrarle la puerta.

El hombre no respondió. Quizá porque entendió. O quizá porque sospechó que entender implicaba cambiar, y eso siempre es más difícil que negar.

Al final, la escena queda suspendida en una pregunta que no busca respuesta inmediata: ¿cuántas veces hemos acusado al sol de no brillar, cuando en realidad hemos corrido las cortinas?

La fe, vista así, no es tanto un salto al vacío como un gesto mínimo: abrir una rendija. Y, sin embargo, qué gesto tan extraordinariamente difícil.

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